aprender desde el error

“Mis papás me van a matar”
“La profesora me va a regañar”
“Me van a echar”
“Soy un bruta”
«No puedo»

Estas y muchas otras frases las habremos escuchado o mencionado en nuestra adultez o infancia, es tal el temor que tenemos a equivocarnos que en situaciones de error nos minimizamos a percibirnos como una equivocación, olvidando que el error es tan solo una acción que no nos define, diferente a la forma en la que lo enfrentamos, la cual permite que emerjan características propias relacionadas con nuestra tolerancia a la frustración, resiliencia, creatividad y humildad.

Creemos que ser estrictos y autoritarios con los niños o jóvenes es el modelo de enseñanza correcto para encaminarlos hacia el éxito, evitando que cometan equivocaciones y su futuro sea prometedor.  Por ello, nos acostumbramos a penalizar el error, lo castigamos y, en ocasiones, lo silenciamos. Jamás nos damos cuenta que las secuelas emocionales que sembramos en los niños pueden ser más grandes que el camino a la perfección.

No estamos diciendo que no esté bien exigir o motivar, más bien, hacemos un llamado a la reflexión sobre cómo estamos enseñando y cómo estamos guiando a nuestros hijos. Seguramente comparar o utilizar frases que invaliden el esfuerzo o trabajo del menor tendrán un efecto negativo hacia su autoestima, seguridad y adquisición del conocimiento. Jamás nos preguntamos ¿qué pasa si aprende del error? ¿Cómo puedo guiarlo para que aquello que hizo mal sea un motor para mejorar? ¿Cómo puede asumir las derrotas de manera positiva? ¿Me permito equivocarme en frente de ellos? ¿Reconozco mis errores en frente de ellos?

Aprender desde el error trae muchos más aprendizajes que un conocimiento inmerso. Cuando el niño o el joven se enfrenta ante una dificultad, se ve retado a solucionarla. Y no sólo surge una alternativa, sino un universo de opciones que le permiten explorar, evaluar y escoger la opción correcta, mostrándole habilidades que quizás desconocía y abriéndole un mundo de oportunidades ante los desafíos de la vida.

Sin duda es una experiencia que marca, es significativa y no se olvida. No continuemos reproduciendo el hábito de señalamiento y del juzgar, apoyemos a nuestros hijos cuando se equivocan, enseñémosles a ser seguros de sí mismos, a ser creativos, a aceptar las consecuencias del cometer un error, explorar las emociones que estos emergen y convertir este error en una oportunidad de aprendizaje.

¡Que los aciertos y errores nutran más nuestras conversaciones, porque en todo lo que hacemos siempre habrá una opción de haberlo hecho diferente!

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